domingo, 19 de abril de 2015

Tauromaquia: una mentira para toda la familia.

Nos acercamos y ya el ambiente empieza a enrarecerse. Carteles gigantes cubren los negocios cercanos. Murmullo de la muchedumbre creciente. Huele a estiércol. Pero no a un estiércol cualquiera, huele a estiércol de caballo.

Hay varios camiones. Uno parece de lujo. En el otro se ven claras separaciones, demasiado estrechas. "Ahí transportarán los toros, seguro". Pero no, ese espacio es para los caballos de rejoneo. Abren las puertas del camión lujoso, me puede la curiosidad.

Dos hombres bien vestidos miran en su interior con orgullo. Lleva pintada la marca de la yeguada a la que pertenece. Me asomo. Un caballo enorme. Brillante. Bien cuidado. Precioso. Pero se esconde asustado al final del trailer. Seguro que en su lomo también lleva grabado a fuego el nombre de su familia.

Él ya sabe por qué está ahí. Sabe lo que viene después y no quiere salir del box sobre ruedas. Este caballo debe ser importante. Los que iban en el otro camión, más sucio, más estrechos, seguro que no lo son tanto para sus dueños.

Seguimos paseando. Una señora hace algunas fotos. No parece muy contenta. Pero calla. En la puerta principal dos furgones de policía. Un puestecillo vende banderas de España y banderillas. Como quién vende fruta en un mercado o caramelos a la salida de un colegio. Pero no sólo hay policías y tenderos.

En la puerta principal, hay una niña de unos nueve o diez años que apoya la cabeza en el hombro de su madre. Ésta la abraza. Tiene los ojos rojos de haber estado llorando. ¿Tan difícil es entenderlo? Ella no es más que una niña y precisamente por eso, por no ser más que una niña lo entiende, porque ella aún conserva esa empatía con los animales que sentimos desde pequeños. La corrida de toros era para una causa benéfica. Pero hace llorar a una niña.

Seguimos rodeando el lugar. En uno de los accesos se puede ver perfectamente, que tanto los tendidos al sol, como los que están a la sombra, están llenos. La entrada más barata costaba 40€ en una sociedad que vive tiempos de crisis. Pero el dinero para la tortura disfrazada de folklore y otras excusas no puede faltar.

Suena la corneta. El público grita. Todos juntos. Parece que para eso sí son capaces de ponerse de acuerdo. Un escalofrío. Vacío. Silencio. No nos hizo falta verlo para saber que ya le habían clavado la primera banderilla al animal. Nadie parecía preocuparse. Nadie escucha el sufrimiento que hay detrás.

El clamor de la plaza seguía rugiendo a cada rato. Nos vamos. Y vemos un último camión. Un camión divido en compartimentos tan estrechos que no se podría estirar siquiera un brazo. Están numerados. Éstos sí huelen realmente mal. Incluso parece que tienen manchas de sangre. En la parte frontal, muchas pegatinas de toros y caballos de rejoneo pegadas.

Una fiesta cultural que hace llorar a los más pequeños, permítanme que les diga, es de todo, menos ético. Mañana las señoras comprarán rabo de toro en las carnicerías cercanas. El público estará durmiendo ahora mismo, satisfechos con su dosis de violencia bien pagada. Pero esa niña, seguro que llorará cada vez que lo recuerde. Porque hace poco, alguien dijo: a los niños les gustan los toros sí, pero vivos, no muertos. 

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